martes, 14 de septiembre de 2010

Pide un deseo 2

Queridos Papá y Mamá:
Supongo que os imaginaréis el motivo de mi escritura; me he marchado con Raquel. Queremos empezar una vida lejos de todo, estábamos cansados de la monotonía de la pequeña ciudad. Nuestro sueño era empezar de cero, fuera donde fuera. No os preocupéis por mí, intentaré escribir todas las semanas.
Supongo que los delincuentes que tengo como hermanos querrán mis cosas, así que haré un pequeño reparto, y que todos estén contentos.
A Iván… Ah, sí. Hace tiempo descubrí que guardabas una pequeña colección mía de películas y CDs debajo de tu cama. Nunca te dije que te había pillado; en ese momento me sentí alagado. Puedes quedártelos todos, incluyendo los que guardé cuidadosamente en una caja en el armario. ¡Son todo tuyos! Pero cuídamelos, tendré alrededor de 500 películas, y otros tantos discos.
Carla, no creas que no me he dado cuenta de la cara de tonta que se te queda cuando pasas por delante de mi luminosa habitación. Puedes quedártela, y también los libros que adornan mis estanterías y devoras millones de veces.
Luz, sé que me vas a echar de menos. ¿Recuerdas aquel día en el que nos fuimos los dos solos al parque, y nos fotografiamos hasta que se fundió la cámara? ¿Recuerdas que te dije que había perdido el carrete y los cientos de fotos? Pues bien, mentí. Quise quedarme las fotos y guardarlas conmigo, pero decidí antes de irme que a ti te gustaría tenerlas. No creas que te las he dejado todas; me he quedado algunas para tenerlas conmigo. Están escondidas en una caja, detrás de uno de los libros de la estantería. Quiero que nunca olvides ese día, y que mires las fotos siempre que puedas.
Miguel y Lucía… Casi no he podido disfrutar de ellos. No dejéis que se olviden de su hermano mayor.
Algún día volveré a casa. Cuando mi vida con Raquel sea estable, iremos de visita. Los dos hemos cogido todos nuestros ahorros, así que, Iván, no hace falta que busques en el cerdo; está seco.

Os quiero muchísimo a todos.


Alejandro

sábado, 31 de julio de 2010

Parte XII

- ¿Carla? – me dijo Álvaro.
- ¿Qué haces aquí? – pregunté algo desconcertada.
- Lo siento, mucho. Por favor, perdóname – Me dijo con una súplica. A través de la escasa luz que daba la luna, pude comprobar que tenía los ojos empapados.
- Sabes que soy incapaz de enfadarme contigo – le dije con tristeza – pero, ¿por qué me pides perdón?
- Porque hoy, en el segundo recreo, Pablo me ha dado la enhorabuena, yo le he preguntado el porqué y él me ha respondido que tú no fuiste al cine con él.
- Eso era lo que he intentado decirte; no pude quedar contigo porque tenía que volver a cuidar de mis hermanos e iba a proponerte que vinieras a mi casa.
- Lo siento – repitió – lo siento de verdad. Fui un idiota y, lo que menos quiero en el mundo es perderte, Carla.
- No me vas a perder – le dije sonriendo.
Él me sonrió a su vez. Y se acercó más a mí, hasta colocarse a mi lado. Yo apoyé los brazos en la barandilla y allí, nos quedamos contemplando las estrellas.
- Mira – me dijo él mirando al cielo – una estrella fugaz.
Yo sonreí para mis adentros.
- Pide un deseo – le dije en un susurro.
Él cerró los ojos y me cogió la mano que tenía apoyada en la barandilla.
Noté cómo me miraba de reojo. Cuando me giré, tenía la vista clavada fijamente en mí. Me fui inclinando suavemente, hasta el punto en el que su nariz y la mía llegaron a rozarse. Despacio, depositó un suave beso en mis labios. Era una sensación extraña, algo húmeda, y llena de emociones. Fue… perfecto.
Cuando se separó de mi me miró a los ojos y me besó la frente. Me rodeó con su brazo y allí nos quedamos los dos. Mirando las estrellas.
En ese momento me dí cuenta de cual era mi auténtico deseo, lo sabía desde el principio, pero no me había dado cuenta hasta ahora.
Álvaro; él era mi deseo.

Parte XI

Por la mañana me levanté a la fuerza; no quería ver a Álvaro.
En clase no lo miré en ningún momento, ni él me miró a mí. Todo fue muy extraño. Pasé los recreos con Raúl y, en ningún momento vi a Álvaro. Pensé que me estaría evitando.

Aquel día no comí nada. Pasé el resto de la tarde en mi habitación, intentando concentrarme para el examen de ciencias sociales para el viernes. Después de varias miradas al vacío, unas tantas de miles de vueltas al lápiz, y un par de vistazos a la pantalla del móvil, me tumbé en mi cama y me puse un cojín encima de la cabeza.
Mi hermana entró por la puerta.
- ¿Carla? – preguntó Luz.
- ¿Qué quieres? – le dije cansada.
- Que me digas qué te pasa.
- ¿Te acuerdas de Álvaro? – le dije quitándome el cojín de la cabeza.
Ella asintió.
- Pues ya no es mi amigo – le dije con amargura.
- ¿Por qué? – preguntó algo triste. Mi hermana siempre se había llevado bien con él.
- Ha habido una confusión.
- ¿Y por qué no se lo explicas?
- Porque no quiere escucharme – le dije ya llorando.
- Si puedo hacer algo por ti me llamas, ¿vale?, yo estaré en mi habitación.
- De acuerdo, muchas gracias, Luz.
Ella me sonrió y salió por la puerta.
Mi hermana siempre había sido así; sufría más por los demás que por ella misma.
Hoy me apetecía ver las estrellas y fui directa a la terraza.
Ya sentada en la hamaca me acurruqué cogiendo ambas piernas con los brazos. Por las noches hacía mucho frío y respiraba entrecortadamente. Poco después puede observar una figura acercándose a mí. “No puede ser él” pensé “imposible”.
¿Imposible o no?

Parte X

Estuve toda la tarde llamándolo por teléfono, pero ninguna de esas veces me lo cogió.
Me acosté en el sofá, cerrando los ojos y con el teléfono en la mano, deseando que me llamase. Pero no lo hizo.
- Carla – me dijo mi madre entrando por la puerta - ya estamos aquí, ¿se han portado bien los mellizos?
- Si, muy bien – dije aun en el sofá y sin levantar la cabeza.
- ¿Estás bien? – me dijo mi madre al oír mi tono de voz, de tristeza.
- Si, mamá – le dije levantándome del sofá y corriendo hacia la terraza – ¡Estoy muy bien! – dije irónicamente.

Me senté en la hamaca de la terraza y me quedé mirando las estrellas. Mi padre estaba entrando y se quedó al lado mío, sin sentarse en la hamaca, ya que él estaba en silla de ruedas.
- ¿Qué te pasa? - me preguntó.
- Álvaro se ha enfadado conmigo – dije sin más.
- ¿Por qué?
- No lo sé – Contesté. No quería decirle nada.
Nos quedamos contemplando las estrellas. “Ojala mi padre no hubiera tenido nunca el accidente”, pensé. ”Todo hubiera sido mucho más fácil, mi madre hoy podía haber cuidado de los mellizos y yo podría haber salido con Álvaro”.
- Mira – me dijo mi padre señalando con el dedo al cielo – una estrella fugaz.
Suspiré.
- Pide un deseo – me susurró mi padre.
Yo ya tenía claro lo que pedir y pensé: “Deseo que mi padre nunca hubiera tenido aquel accidente”.
Esta vez no pasó nada, ni siquiera un sueño.

Parte IX

Nunca me habían gustado los lunes, pero aquella mañana, cuando mi madre me despertó para ir al instituto yo ya estaba despierta, no había dormido nada aquella noche. Me levanté de un salto y fui a prepararme.
Las clases pasaron rápido y ahora era yo la que lo miraba a él a todas horas.
Ese día había pasta para comer. Toda mi familia hablaba mientras comía, todos menos yo.
- Carla – me dijo mi madre – tengo que pedirte un favor.
“Oh, no… esto me suena” pensé.
- ¿Qué pasa? – le dije a mi madre asustada.
- Tienes que cuidar hoy de los mellizos.
- ¡No, por favor! ¡Hoy no!
- Lo siento mucho, pero tu hermano suspendió el examen y hoy lo tiene que repetir, Iván tiene entrenamiento de fútbol y papá, Luz y yo vamos a rehabilitación.
Al fin y al cabo, entendía que mi madre fuese con mi padre a rehabilitación y yo no me podía quejar, no quería que mi padre se sintiese mal por mi culpa.
Lo que iba a ser un paseo por el parque pasaba a ser nuevamente otra tarde con los mellizos.
Fui directa al teléfono para llamar a Álvaro.
- ¿Álvaro?
- Hola Carla – me dijo Álvaro al otro lado del teléfono - ¿Qué pasa?
- Hoy no puedo quedar…
- ¿Por qué? – me cortó Álvaro – entonces ¿es verdad?
- ¿El qué? –pregunté desconcertada.
- Que vas a salir hoy con Pablo, me ha dicho Raúl que el viernes te pidió salir.
- Si, pero yo le dije…
- Muy bien, pues que te lo pases muy bien con tu novio – dijo él irónicamente.
- ¡Le dije que no!
Pero él ya había colgado.

Parte VIII

Aquella noche soñé con él.

- Vamos Carla – me dijo mi madre con dulzura entrando a mi habitación – Ya son las siete, hay instituto.
Y así, volví a despertarme de un magnífico sueño.

En clase estuve a todas horas notando la mirada de Álvaro en mí.

Cuando terminaron las clases yo me despedí de Álvaro con toda normalidad. Ese día Raúl no tenía que recoger a su hermano del colegio y se quedó conmigo mientras Iván se despedía de sus amigos y Alex de Raquel. Noté que alguien me llamaba por mi nombre y corría para colocarse junto a mí.
- Hola Carla – dijo Pablo ya a mi lado.
- Hola – dije extrañada.
- ¿Podemos hablar?
- Claro – dije, algo asustada.
- A solas – dijo él dirigiéndose a Raúl
Yo miré a Raúl y negué con la cabeza, para que no se fuera. “Lo siento” me dijo Raúl moviendo los labios pero sin llegar a decir palabra.

- ¿Tienes algo que hacer el lunes? – me preguntó Pablo. A medida que Pablo iba hablando, Raúl se iba alejando.
- Pues sí – le dije seria.
- Pues cancélalo, porque tengo dos entradas para ir al cine. ¿Qué te parece? Tú y yo. Película romántica. ¡Es perfecto!
- Me parece que ya he quedado.
- ¿Con quién?
- Con… Con Álvaro – le dije tímidamente al principio, serena al final.
- ¿Con Álvaro? – se burló Pablo – Cualquier chica se moriría por ir al cine conmigo.
- ¿Cualquier chica? Pues no cuentes conmigo, porque yo no estoy en el mismo saco que las otras chicas.
- Piénsatelo, yo siempre estaré a tu disposición.
Y se fue.
No hacía falta que lo pensara. Yo sabía muy bien lo que quería, y Pablo no estaba dentro de eso.

Parte VII

- Carla, hija – dijo mi madre desde la planta baja – Ya estamos aquí.
“¡Oh, no!”Pensé “que inoportuna”.
Álvaro cerró los ojos con fuerza, suspiró y bajó la cabeza.

- Hola, cariño – dijo mi madre entrando por la puerta – Oh, Álvaro ¿Cómo estás?, hace tiempo que no te veo por aquí.
- Muy bien, Julia, gracias – respondió Álvaro muy cortés - ¿Y vosotros? ¿Como está Juan?
- Pues ahora mucho mejor, gracias por preguntar. Bueno, voy a bajar para prepararle la merienda a Luz – Dijo dirigiéndose a los dos.
Agradecí que mi madre se fuera. En ese momento solo quería estar con Álvaro.
- Creo que voy a tener que irme – Dijo Álvaro.
- De acuerdo – le dije.
- Pero antes, me gustaría pedirte… bueno ya sabes, si quieres y no tienes nada que hacer, me gustaría que… - Su voz temblaba y su cara estaba colorada e imaginaba que la mía también estaría así – Que salieras conmigo… algún día – Pudo decir al fin.
- Pues claro, me encantaría – le dije con una sonrisa.

Él me sonrió aliviado.
- Mañana tengo entrenamiento y el sábado y el domingo voy a ir con mi familia a pescar… ¿Qué te parece el lunes? – me preguntó más tranquilo.
- El lunes me viene perfecto.
Álvaro volvió a sonreírme. Yo le devolví la sonrisa.
- Bueno, tengo que irme - Me dijo Álvaro.
Y lo abracé. Él me devolvió el abrazo de buena gana, aunque parecía igual de sorprendido que yo por mi reacción. Muy pocas veces le había abrazado, solo en situaciones de reencuentros o que algunos de los dos necesitábamos un abrazo por nuestro estado de ánimo.

- Adiós – dije sin más cuando me separé de él.
- Adiós – respondió tímidamente, aunque, en su cara, se reflejaba felicidad.

Parte VI

Todo estaba yendo genial. Cuidar de mis hermanos no era difícil, además, Álvaro sabía como hacer que me lo pasara bien.

Estábamos en la habitación de los mellizos y Álvaro jugueteaba con Miguel lanzándolo al aire mientras yo le leía un cuento a Lucía.
- Cuidado - le dije sonriendo a Álvaro mientras él lanzaba a Miguel al aire.
- Tranquila - me dijo con aquella sonrisa suya – Mira a Miguel, se lo pasa genial conmigo.

Miguel reía a carcajadas y Álvaro también parecía divertirse.
- Esto tenemos que repetirlo – le dije mientras metía a Lucía en la cuna.
- ¿De verdad? – me preguntó extrañado mientras él hacía lo mismo con Miguel - ¿Quieres volver a quedar conmigo?
- Claro, ¿Por qué no?

Él se quedó un tiempo mirándome fijamente a los ojos, y luego se rió. Yo reí a su vez. No sabía por qué se reía, ni sabía por qué me reía yo, pero allí estábamos los dos, riéndonos sin saber por qué.
Cuando paramos de reír se acercó más a mí, mucho más.

lunes, 12 de julio de 2010

Parte V

Cuando llegamos a casa la comida ya estaba sobre la mesa. Mi padre y mi hermana estaban hablando. Mi padre estaba mucho mejor. “Al menos, ahora ríe” pensé mientras suspiraba.
Mi madre nos esperaba de pie en la cocina.
- Sentaos, he hecho arroz y se va a enfriar - dijo mi madre sonriendo.
- ¿Arroz? - Dijo Iván - ¡Genial!

Yo me senté al lado de mi hermana, como era habitual.
- ¿Cómo han ido hoy las clases? - Preguntó mi padre.
- Muy bien, papá - Le dije con la típica sonrisa en mí, al dirigirme a él.
- Me alegro - dijo sonriéndome a su vez - ¿Y a vosotros? - dijo dirigiéndose a mis hermanos.
- Muy aburrido - Dijo Iván- Como siempre, vamos.
- ¿Y tú Alejandro?
- Sabiendo que en el instituto es difícil pasárselo bien, yo diría que normal.
- ¿Y sabes ya a que universidad vas a ir? Porque es el año que viene.
- Aún no se si voy a ir a la universidad.
Mi padre suspiró. Todos queríamos que Alejandro fuera a la universidad, sobretodo mi padre. Él, que sí que quería, no pudo ir. La falta de dinero en su familia hizo que esto sucediera.
- Carla, tengo que pedirte un favor - Dijo mi madre mientras cargaba arroz con el tenedor.
- Claro - respondí mientras bebía agua.
- Tienes que cuidar hoy de los mellizos.
- Pero mamá, hoy he quedado - me quejé.
- Lo sé, y lo siento, pero voy a ir con papá y con Luz a rehabilitación.
- Pero no es jus…- me callé, porque vi que mi padre agachaba la cabeza - Tranquilo papá, no me importa, de verdad - le dije sonriendo.
Ese era uno de los mayores problemas de que mi padre estuviera enfermo: mi madre no podía ocuparse de mis hermanos.
- Bueno chicos - dije dirigiéndome a mis hermanos - hoy nos toca cambiar pañales.
- Lo siento Carla - dijo Alejandro con la boca llena - hoy tengo las pruebas para el carnet de conducir.
- Yo también lo siento - dijo seguidamente Iván - tengo que cumplir el castigo que me mandaron la semana pasada…
- ¿Es hoy?- dije suspirando, indignada.
- Sí, lo siento mucho.

Volví a mirar a mi padre.
- Tranquilo, no importa – Le dije a Iván - Llamaré a mis amigos para ver si se apuntan a la fiesta - dije con una sonrisa forzada.


Ya se habían ido todos, los mellizos estaban durmiendo y yo estaba viendo la tele aburrida, cambiando de canal sin pararme a ver los canales. Llamaron a la puerta.
- Hola Álvaro- le dije sonriendo- ¿Raúl no viene contigo?
- Digamos que a Raúl no le fascina eso de cambiar pañales.
- Bueno - le dije mientras me quitaba de la puerta para dejarle pasar - te lo vas a pasar muy bien, ya lo verás – mi voz disponía de un espléndido tonito irónico.
- Estoy contigo ¿no? - dijo con las mejillas encendidas y bajando la cabeza - me lo voy a pasar genial.

Parte IV

El timbre del instituto había sonado hacía rato e Iván y yo esperábamos a Alex. Él se entretenía hablando con Raquel. Yo podía haber hecho lo mismo con Álvaro o con Raúl, pero éste último tenía que recoger a su hermano del colegio y no quería entretener a Álvaro, ya que se le notaba muy cansado. Álvaro y yo éramos amigos desde la guardería, pero nunca había pasado a mayores. Siempre hemos sido amigos. En varias ocasiones he deseado que esa amistad pasara a algo más, pero nunca me he atrevido hablar de ello con él. Ahora no sé lo que siento. Quiero mucho a Álvaro, pero no sé si de la misma manera de la que quiero a Raúl o a mi familia. A Raúl lo conocimos en el colegio. Siempre ha sido el graciosillo de la clase, el que no se entera de nada y el que hace tonterías cuando en profesor no mira. Todas mis compañeras de clase coquetean con él y eso a Raúl no parece importarle.
Hacía mucho calor aquel día y estaba muy cansada. Cambiaba mi peso de una pierna a otra, cada vez más rápido.
- El año que viene pasaré a bachillerato - comentó Iván sonriendo.
- Y yo a 4º de ESO
- Que pequeñaja - bromeó Iván.
- ¿Pequeñaja? - repetí - Tengo quince años.
- Y yo dieciséis - intervino mi hermano.
- ¿Y estás contento? ¡Menudo viejales! - bromeé entre carcajadas.
- Estamos en paz - dijo mi hermano sonriendo.
- Eso creo. ¿No crees que Alex está tardando mucho?
- ¿Aún está con Raquel?
Asentí con la cabeza.
- Es un pesado - comenté un poco enfadada.
- ¿Quién es un pesado? - preguntó Alejandro detrás de nosotros.
- ¿Quién va a ser? - Preguntó sarcásticamente Iván - Pues tú, llevamos diez minutos esperándote.
- Estaba con Raquel - se excusó Alejandro.
- ¿Qué más da? Como si es la reina, nosotros somos tus hermanos y todos los días te estamos esperando.
- Bueno, dejadlo y vámonos a casa - zanjé.

domingo, 11 de julio de 2010

Parte III

Subí dos escalones derecha a mi habitación. En el tercer escalón me esperaba mi hermana y la cogí en brazos para llevarla a su cama. Pesaba poco y no me costó cogerla. La metí en su cama y la acurruqué entre las sábanas.
Cuando me estaba dirigiendo a mi habitación pude observar que Alejandro aún tenía las luces de su cuarto encendidas. Me paré delante de su puerta pero sin llegar a llamar y oí que decía algo.
- Ya verás, cariño - iba diciendo Alex- va a ser fantástico.
Supuse que estaría hablando con Raquel por teléfono sobre su escapada. No me paré a hablar con él y seguí mi camino hacia mi habitación.
Busqué en mi armario una sábana, abrí la ventana y salí por ésta llegando al tejado. Esa noche era preciosa y me apetecía dormir bajo las estrellas. Estuve un rato mirándolas y pensaba que me encantaría poder coger una estrella. Aunque, para eso, tendría que saber volar. “Volar” pensaba, era algo fantástico, algo… imposible. Cerré los ojos y luego seguí mirando las maravillosas estrellas. De repente vi una pequeña cinta en el cielo, una cinta blanca que se movía hacia un lado. Era una estrella fugaz y no me lo pensé dos veces:
- Deseo…- dije en un susurro - deseo poder volar.
Aquella idea era imposible, y lo sabía, pero no perdía nada por intentarlo. Me levanté esperando a que pasara algo. Me puse de puntillas. Salté sobre el tejado. Nada. No pasó nada. Una gota finísima de mis ojos cayó al suelo. En ese mismo momento me sentí ligera, muy ligera. Miré hacia el cielo sorprendida. Cuando vi mis pies pude comprobar que ya no estaban en el tejado. Me estaba elevando, pero era imposible, no podía creérmelo. Me elevaba más y más.
- ¡¡Vuelo!! - chillé - ¡Mamá! ¡Papá! ¡Estoy volando!

Subí más, hasta que pude ver la luna enorme. “Es como un sueño” pensé. “Un sueño, un sueño, un sueño” repetía en mi cabeza.
- ¡Oh no! ¡Un sueño! - dije realmente triste.
Y mis ojos se abrieron, estaba en el tejado y el sol ya salía por el horizonte. Bajé a mi habitación algo aturdida por aquel sueño. Me acosté en mi cama sin quitar las sábanas. Todo había sido un sueño.

Parte II

El viaje a mi casa no fue largo, lo peor fue cuando llegamos a la puerta; a través de las ventanas pude ver que las luces estaban encendidas.
Suspiré.
- Deseadme suerte.
- Suerte - corearon Álvaro y Raúl.
- Nos vemos mañana.
- De acuerdo - dijo Raúl.
- Adiós - se despidió Álvaro, siempre con aquella sonrisa en los labios al mirarme, que tanto me gusta.
Abrí la puerta con cuidado, silenciosamente. Allí estaba, a la derecha, en el comedor. Mi madre, con los brazos cruzados. Mirándome. Con un gesto en la cara de preocupación y de enfado.
- ¡Carla! - dijo mi madre - ¿se puede saber dónde estabas?
- Con mis amigos - dije tímidamente.
- Te había dicho que vinieras al salir la luna, y te he llamado un montón de veces.
- ¿Me has llamado? - dije extrañada.

Cogí mi móvil de mi bolsillo y vi que estaba apagado.
- Oh, no. La batería - dije en un susurro.
- ¿La batería? - repitió mi madre enfadada - Eres una irresponsable, Carla, siempre te estoy diciendo que lo pongas en carga.
- Lo siento, mamá.
- ¿Qué pasa? - dijo Luz bajando las escaleras, con cara de sueño.
- No pasa nada - dijo mi madre con dulzura - siento haberte despertado. Venga, vete a dormir. Y tú - dijo dirigiéndose a mí, - deberías hacer lo mismo. Mañana hablaremos.

Mi hermana seguía en las escaleras, siempre con su osito rosa de peluche en la mano izquierda. Su larga melena marrón estaba toda revuelta y tenía los ojos entrecerrados, como si aun no se hubieran acostumbrado a la luz.

Parte I

La luna había salido hace un par de horas y mi madre me había dicho que me recogiera cuando esto sucediera, pero nunca le hago caso, nunca. Desde que ocurrió el accidente de papá, mamá es mucho más protectora, está más pendiente de mí y de mis hermanos. Afortunadamente, el coche en el que iba papá solo dio dos vueltas de campana, pero, aquel desgraciado borracho que llevaba su coche en dirección contraria lo dejó en silla de ruedas.
Todo cambió mucho desde aquel día: mis notas han bajado; yo antes era una alumna de sobresaliente y ahora me cuesta llegar al aprobado. Mi hermano mayor, Alejandro, amenaza con irse de casa con su novia, Raquel, y con que no vamos a volver a verlo en la vida. Y, para colmo, Iván, que tiene un año más que yo, está siguiendo su ejemplo. Sin duda, la que más está sufriendo es mi hermana Luz; apenas come y no presta atención en clase, está siempre triste y eso que sólo tiene seis años. Los mellizos, al tener dos años, disponen de toda la energía del mundo, pero de Lucía, que es más fácil controlarla, se encarga papá. En cambio, mamá se ocupa del bestia de Miguel.


Álvaro y yo estábamos sentados en un banco bajo una farola encendida mientras Raúl nos entretenía con sus tonterías. No había nadie por la calle, pero eso a mis amigos no parecía importarle.
- Debería irme ya - dije - mi madre tiene que estar histérica.
- Vamos Carla - se quejó Raúl - no te vayas aún.
- Mi madre se enfadará mucho.
- Tiene razón, Raúl- intervino Álvaro- y deberíamos acompañarla.